Analizamos la inusual mortalidad de la ballena franca austral con la ayuda de los especialistas Marcela Uhart y Mariano Sironi.

Mientras comienzan a llegar las ballenas a Península Valdés y se desarrolla en Noruega la reunión anual del Comité Científico de la Comisión Ballenera Internacional, analizamos con dos especialistas, la médica veterinaria Marcela Uhart y el biólogo Mariano Sironi, la inusual mortalidad de esta especie durante los últimos años.

Como todos los años entre mayo y diciembre, una gran cantidad de ballenas francas llegan a nuestras costas, en especial a los golfos Nuevo y San José en la Península Valdés, en Chubut, donde alumbran a sus crías y se reproducen. Protegida internacionalmente desde 1935, producto de la preocupación derivada del declive global de la especie, la ballena franca austral fue declarada Monumento Natural por el Congreso de la Nación en 1984. Pese a que esta categoría le brinda protección absoluta en aguas jurisdiccionales argentinas, en los últimos años se elevó considerablemente la cantidad de ballenas muertas en nuestras costas, alarmante hecho que está siendo estudiado por los científicos. “La mortalidad  detectada no es normal ni esperable”, manifiesta Marcela Uhart, miembro  de Wildlife Conservation Society y directora del Programa de Monitoreo Sanitario de la Ballena Franca Austral en Península de Valdés.

Después de ocho temporadas de trabajo y de haber analizado 428 ballenas, Uhart afirma que hay dos elementos preocupantes: el primero ser refiere a los valores de mortalidad ya que “nunca se registró en el mundo un nivel tan alto respecto del tamaño de la población”; el segundo, a que el 90 por ciento de las muertes se registran en crías recién nacidas.

UNA ESPECIE CON HUELLAS DIGITALES

Emblemáticos de la costa patagónica, estos animales son estudiados desde hace cuatro décadas por el Instituto de Conservación de Ballenas –ICB-, organización argentina que lleva adelante su monitoreo en Península Valdés. El eje del trabajo es el seguimiento de ejemplares fotoidentificados y la recolección de información sobre su biología a través de técnicas no letales. “El registro continuo e ininterrumpido, a través de relevamientos fotográficos anuales de los individuos que han regresado a esta área de cría entre 1970 y 2010, nos permitió generar una base de datos con múltiples registros de más de 2.700 individuos conocidos”, expresa el doctor Mariano Sironi, director científico del ICB. ¿Cómo los identifican? A través de las callosidades que tienen en la cabeza, “crecimientos córneos donde viven pequeños crustáceos y que permanecen durante toda la vida, permitiendo distinguir los distintos ejemplares”, aclara.

PROGRAMA DE MONITOREO SANITARIO

Creado por el ICB y la Wildlife Conservation Society a los que se sumaron años después las fundaciones Patagonia Natural y Ecocentro, desde 2003 el Programa se dedica a evaluar los riesgos para la salud de estos cetáceos y realizar necropcias para reunir datos que contribuyan a la conservación de la especie. “El proyecto responde a la necesidad de  explorar las causas de muerte, considerando la valiosa fuente de información que representa poder acceder al cuerpo sin vida del animal”, explica Uhart. Y explica que si bien desde 1970 se venía trabajando en la región, los relevamientos se realizaban esporádicamente y una vez al año se hacía un censo. Esos registros constituyeron el antecedente histórico del trabajo que se desarrolla en la actualidad en Península Valdés, zona visitada por la mayor población de ballenas francas del mundo y cuyas características topográficas facilitan su estudio. “El hecho de que las playas tengan muy poca pendiente y enormes amplitudes de marea –la diferencia entre alta y bajamar puede alcanzar los 200 metros de playa- permite que las ballenas muertas queden encalladas en lugares de fácil acceso”.

UNA TAREA COMPLEJA

El primer paso es la localización de animales encallados. Para ello, utilizan dos mecanismos: los relevamientos periódicos por tierra y aire y el desarrollo de una red de contactos, conformada por gente común, puesteros, operadores de avistaje de ballenas, pilotos, buzos, gente de Prefectura, guías e incluso turistas, todos involucrados en el programa. Una vez detectado el animal, se corrobora en la base de datos que no haya sido relevado con anterioridad e incluso se lo marca para evitar confusiones.

Llegados al lugar, comienza un  exhaustivo examen  externo para determinar si la muerte se relaciona con actividades humanas. “Lo primero que buscamos son indicios obvios de mortalidad como golpes –puede haber colisionado con una embarcación-, corte de hélice o cualquier señal relacionada con interacción humana”, detalla Uhart.  Aunque los enmallamientos en redes y sogas de pesca y los choques con embarcaciones -principales causas de muerte de las ballenas francas del Atlántico norte- no son frecuentes en nuestra región, “hay registros de ballenas en Península Valdés con heridas de hélices en sus lomos y también algunas arrastrando sogas”, comenta Sironi. Después de tomar fotografías y  realizar mediciones, comienza el examen forense. “Realizamos una apertura sistemática para tratar de llegar a todos los órganos y tejidos, con el objetivo de analizar las posibles enfermedades infecciones, biotoxinas, mareas rojas u otro tipo de contaminantes como metales pesados que permitan evaluar el estado nutricional del animal. Tomamos muestras del contenido estomacal para conocer cómo se estaban alimentando, muestras de piel para estudios genéticos, por ejemplo”, dice la directora del Programa, quien resume el trabajo realizado en números concretos: “Ya se han tomado cuatro mil muestras de más de 400 ballenas”. Algunas de ellas se analizan en la Argentina y otras, en laboratorios más complejos en el exterior. Acerca de los problemas que enfrenta el programa, Uhart destaca la dificultad a la hora de realizar las necrocias. “ El alto grado de descomposición afecta la calidad de las muestras. Entonces además de complejo es frustrante porque al no obtener buenas muestras, el nivel de información es pobre”.

MORTALIDAD ELEVADA

Una de las informaciones relevantes obtenidas a través del Programa de Monitoreo Sanitario es la variabilidad de ballenas muertas por año, que oscila entre los trece y los cien ejemplares, preocupantes valores que sumados a que el 90 por ciento eran crías de alrededor de tres meses “representan un hecho inusual e insostenible en el largo plazo”.

UN TALLER INTERNACIONAL

Debido al alto nivel de mortandad registrado entre 2007 y 2009, la CBI realizó un taller en Puerto Madryn donde convocó a expertos a nivel mundial para analizar el problema. Si bien no se determinaron razones concluyentes, entre las principales hipótesis de causas de muerte se destacaron la reducida disponibilidad de alimento para las hembras, la presencia de biotoxinas y las enfermedades infecciosas.

CONTAMINACIÓN DEL HÁBITAT MARINO

Las ballenas francas pueden encontrarse en todos los océanos del planeta. La del norte –que habita ese hemisferio y nunca se cruza con la del sur- está al borde de la extinción, con una población estimada en poco más de 300 ejemplares. Por su parte, la ballena franca austral se está recuperando desde la época de su caza  indiscriminada de fines del siglo XIX y, pese a que falta mucho para que alcance una población similar a la histórica, los ejemplares se cuentan por miles. Si bien padecen problemas comunes como la contaminación química de su hábitat, producto de las toneladas de productos tóxicos que se tiran al mar; la contaminación acústica derivada de las actividades humanas como la exploración submarina o la navegación a gran escala y la alteración de la temperatura marina, a raíz de actividades industriales o del  calentamiento global, la gran mortandad de los últimos años en aguas patagónicas llevó a que se estudiaran las alteraciones locales que podrían afectar su comportamiento.

PROBLEMÁTICAS AUSTRALES

Un problema importante de la zona es el de las gaviotas cocineras que han aprendido a alimentarse de la piel y la grasa de las ballenas francas vivas en Península Valdés. “Las gaviotas se posan sobre la espalda de las ballenas, y con sus picos abren la piel para comer la grasa viva, un alimento de alto contenido energético. Los picotazos hacen que las ballenas alteren su comportamiento normal e incrementen su gasto de energía durante la crianza de los ballenatos”, relata el doctor Sironi. Para tratar de evitarlos, los animales aumentan su velocidad de natación, arquean la espalda e interrumpen el amamantamiento de sus crías.  Sironi aclara que este hábito alimentario, aunque se presenta mayormente en gaviotas adultas, es aprendido por imitación por ejemplares juveniles a lo que debe agregarse que “los basurales urbanos y pesqueros y el descarte pesquero en el mar, proveen alimento extra a las gaviotas, favoreciendo el crecimiento de sus poblaciones”.

Los primeros ataques de gaviotas fueron observados esporádicamente a fines de la década del ’60. Desde 1995, los investigadores del ICB monitorean su frecuencia, razón por la cual cuentan con la base de datos de mayor extensión en el tiempo sobre este fenómeno en la Argentina, que les permite conocer la evolución del problema. “Los análisis de nuestro catálogo de fotoidentificación de ballenas francas de P. Valdés, desarrollado conjuntamente con el Whale Conservation Institute / Ocean Alliance, indican que en 1974 sólo el 1% de los ejemplares tenían en sus lomos heridas producidas por las gaviotas. Sin embargo, ese porcentaje se incrementó al 38% en 1990, al 68% en 2000 y al 77% en el año 2008. No hay otro sitio en el mundo donde se registren ataques de gaviotas a ballenas con la intensidad y frecuencia de Península Valdés”, puntualiza el director del ICB. Otra característica local es el avistaje de cetáceos, actividad que mueve millones de dólares y miles de turistas al año. “El turismo descontrolado puede afectar cualquier especie. Por eso es importante que se respeten las reglamentaciones que regulan su actividad, sobre todo en lo relacionado con las velocidades máximas de desplazamiento de las embarcaciones, las distancias mínimas de aproximación y el tiempo de permanencia en cercanía de los animales en áreas de alta concentración de ballenas”, dice Sironi.

CONCLUSIONES

Si bien se ha avanzado considerablemente en el conocimiento de estos colosos, nos falta mucho todavía y cuando se genera un evento extremo como el ocurrido en Península Valdés, nos encontramos con más dudas que certezas. Para la médica veterinaria Marcela Uhart, la inusual mortandad puede estar relacionada con causas diversas y se hace muy difícil establecer una relación causa-efecto. “Recién ahora con las muestras tomadas a los animales muertos estamos pudiendo reunir información más detallada. La variabilidad de lo ocurrido nos impide sacar conclusiones contundentes. Estos estudios requieren del largo plazo y a pesar de que nueve años pueden parecer mucho tiempo, no lo son, porque en ese lapso no se obtienen patrones consistentes. Si queremos hacer conservación y buen manejo, debemos estudiar a estos animales que algo nos están diciendo”.

El doctor Mariano Sironi, por su parte, hace hincapié en el rol ecológico que cumplen los cetáceos en los océanos, muchos de los cuales se encuentran en la cúspide de las cadenas alimentarias del mar. “Por ser animales migratorios, las ballenas utilizan tanto aguas internacionales como las aguas territoriales de distintos países. Por ello, protegerlas requiere el compromiso de muchas naciones. En el caso de la ballena franca autral, esto incluye a la Argentina, Uruguay y Brasil, ya que la población es compartida por estas tres naciones. Debemos mostrar un compromiso ético ante estas ballenas y mejorar su calidad de vida, actitud que redundará además en beneficio de la industria turística que sustentan y en un mejor ambiente para todos”.